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La adicción de Molly a las redes sociales que la llevó al suicidio: “Detrás de las plataformas tecnológicas hay personas que toman decisiones”

La película ‘Molly y los algoritmos’, de Marc Silver, se estrena en Movistar Plus para relatar el caso pionero que catalizó cientos de demandas contra Meta

La noche del 20 de noviembre de 2017, Ian Russell estaba viendo la televisión con su familia después de haber pasado un día normal en su vida normal. Cuando todos se fueron a dormir, el padre hizo lo que hacía siempre: se aseguró de que las puertas y ventanas de su casa en Harrow, al noroeste de Londres, estuvieran bien cerradas, que todo estuviera tranquilo. Así creía proteger a sus hijas, que dormían en sus cuartos. Al día siguiente apareció el cadáver de Molly, de 14 años, que se acababa de quitar la vida. La familia no entendía cómo había ocurrido, puesto que no habían detectado comportamientos extraños.

Pero con los días, Ian Russell se dio cuenta de que habían estado dejando siempre una ventana abierta a peligros que ni conocían: empezó a indagar y descubrió que, en los seis meses anteriores, Molly había recibido o compartido más de 2.000 publicaciones en Instagram y Pinterest relacionadas con la depresión, las autolesiones o el suicidio. Tras una intensa batalla contra las compañías tecnológicas, el padre logró en 2022 que una investigación forense dictaminase que el suicidio de su hija había sido agravado por los efectos negativos del contenido que consumía en internet.

 

El caso de Molly Russell no es el único: ha habido y hay muchos más casos de menores o mayores de edad que, alentados por su adicción a las redes sociales y por los mensajes que los algoritmos les lanzan, terminan sumidos en una depresión que les lleva al suicidio. Pero el caso de Molly fue pionero, porque la familia convirtió su duelo en energía para su activismo y lograron que por primera vez se hiciera responsable a las empresas tecnológicas del daño que infligen. El desenlace de su caso no implicó ni una sanción económica ni de ningún tipo a Meta, la propietaria de Facebook e Instagram, pero sí que sirvió como catalizador para que muchas otras familias decidiesen demandar a la compañía de Mark Zuckerberg. El resultado de esa avalancha ha sido el acuerdo extrajudicial que aceptó Meta el 26 de agosto para resolver las demandas que acusaban a la tecnológica de diseñar sus aplicaciones para generar adicción a los niños. Meta aceptó pagar 18.000 millones de dólares.

“Estoy convencido de que el caso de Molly está en el inicio de todo esto, fue uno de los catalizadores, que terminaron creando una bola de nieve. De hecho, durante el juicio Meta no quería que el caso de Molly saliese, pero fue inevitable”, explica Marc Silver, director del documental Molly y los algoritmos (Molly vs the Machines), una película estrenada hace unos meses en el Reino Unido y que ha llegado este martes a Movistar Plus. Silver ya había dirigido otras dos películas en las que el relato parte de un personaje ya fallecido —3 ½ Minutes, de 2015, explica las secuelas de un asesinato, y Who Is Dayani Cristal?, de 2012, empieza con un cadáver encontrado en el desierto de Arizona—. En 2018 realizó un cortometraje documental sobre el escándalo de violación de privacidad de Cambridge Analytica, y se enganchó a la lectura del libro de Shoshana Zuboff La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós). Su interés creciente por el impacto del poder que, desde las sombras, ejercen las grandes tecnológicas y su experiencia como director le llevaron a contar la historia de Molly.

“Quería explicar cómo Molly, nacida a principios de los 2000, había crecido a la vez que las plataformas de internet, que también habían nacido en esa época”, explica Silver. El documental ahonda en este entrelazamiento entre la vida real de la joven y la virtualidad de internet. Se suceden imágenes reales con imágenes virtuales, vídeos antiguos y otros generados por inteligencia artificial, y casi todos los recuerdos que las amigas y la familia de Molly tienen de ella están mediatizados por las redes sociales.

Riesgos y dobles lenguajes
Para Molly, como cuenta una de sus amigas en la película, “las redes sociales eran el mundo real”. Hasta el punto de que, encerrada con su teléfono, entraba en espirales de desprecio a su propio cuerpo, odio y depresión alimentadas por imágenes y vídeos de otros usuarios que el algoritmo le mostraba. Durante la investigación forense, que el documental recrea ficcionándola con actores, los representantes de Meta defendían estas publicaciones: “Quiero que la gente pueda hablar de sus problemas mentales y esté conectada”, señalaba una directiva.

Una decisión arriesgada de Silver fue ceder parte de la narración del documental a una inteligencia artificial, a la que pide tomar la voz de un magnate de Silicon Valley para explicar la historia de la joven. “Teníamos mucho material de archivo de Silicon Valley pero no lográbamos darle sentido, y a la vez no teníamos un antagonista en la película. Entonces vi un vídeo de un hombre que le pedía a ChatGPT que se pusiese en la piel del diablo y hablase, y se nos ocurrió hacer lo mismo. Pero no como el diablo, sino como una persona, porque es importante recordar que tras las plataformas tecnológicas hay personas, que toman decisiones, y que si tomasen otras no harían tanto daño”, señala el director.

Los inicios de internet
En un momento dado, esta voz relata que en el comienzo internet era “un juguete misterioso, reluciente y prometedor”, casi inocente. “Creo que lo fue, pero muy pronto, en 1999 o 2000, Google descubrió cómo explotar los datos personales. Lo que hace el tecnofascismo no es tan diferente a la extracción de materiales de la naturaleza”, dice Silver. Los millones de usuarios son las minas de donde las empresas sacan los datos, hacen sus predicciones y moldean los deseos de los mismos usuarios para venderles productos. “Todo lo que necesitas, y lo que no, está en el teléfono. Por eso hay tantos problemas de adicción. Creo que ahora hay más conciencia sobre el peligro, pero tenemos que dar un paso más, como individuos, legisladores y políticos, para regularlo”, apunta el director, quien es escéptico sobre la efectividad de la prohibición de las redes sociales a menores de edad aprobada en España, aunque como padre la aplaude: “Para los que ya están adictos será muy disruptivo, pero tenemos que pensar en las siguientes generaciones”.

El documental deja claro que la resistencia ante las grandes tecnológicas no puede concentrarse en un solo individuo. El padre de Molly solo no podía, pero las demás familias, los extrabajadores de Meta Lotte Rubæk y Arturo Béjar, que decidieron informar al mundo de que Meta sabía del daño que hacían sus algoritmos, y otros activistas lograron que Zuckerberg terminara pidiendo perdón en 2024 a los familiares de las víctimas en su comparecencia en el Senado. Por poco tiempo: en enero de 2025, el jefe de Meta y los demás magnates tecnológicos se alinearon con el recién electo presidente Donald Trump para combatir la “censura” de las regulaciones. La intención siempre ha sido la misma, como dijo Eric Schmidt, exdirectivo de Google, en los comienzos de internet: “Queremos al Gobierno fuera del dormitorio”. Para meterse ellos.