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Editorial de NTN: "Violencia y complicidad"

La violencia de género sigue siendo una de las heridas más profundas y persistentes en República Dominicana, y los primeros tres meses de 2026 (se registran 17,552 denuncias por violencia de género), esto nos obliga a mirar de frente una realidad incómoda: los esfuerzos no están siendo suficientes.

En este primer trimestre, los casos de feminicidios, agresiones físicas y violencia psicológica han vuelto a ocupar titulares, pero más allá de las cifras —que por sí solas ya estremecen— hay un patrón que se repite con una crudeza alarmante.

Muchas de estas mujeres habían denunciado previamente. Habían pedido ayuda. Habían alertado al sistema. Y aun así, el desenlace fue fatal.

Esto no es solo una falla individual, es una falla estructural.

El problema no se limita al acto violento en sí, sino a una cultura que todavía normaliza el control, los celos y la dominación como expresiones de amor. En demasiados espacios, desde el hogar hasta ciertos discursos sociales, se sigue justificando lo injustificable. Y mientras eso no cambie, cualquier política pública será apenas un paliativo.

Pero también es justo decirlo: no todo recae en las autoridades, aunque su responsabilidad es clave. Se necesitan respuestas más rápidas, mayor protección efectiva para las víctimas, seguimiento real a las denuncias y consecuencias claras para los agresores. No basta con campañas; se requiere acción sostenida, coordinación institucional y recursos bien invertidos.
Ahora bien, la sociedad dominicana también tiene que hacer su parte.

El silencio cómplice, la indiferencia del vecino, la burla hacia la víctima o la minimización del agresor son formas indirectas de violencia. Cada vez que se ignora una señal de alerta, se abre la puerta a una tragedia.

Este tema no puede tratarse como una noticia pasajera.

La violencia de género es un problema de seguridad, de justicia y de dignidad humana. Lo que está en juego no son estadísticas, son vidas.
La pregunta que queda es incómoda pero necesaria: ¿cuántas más tienen que morir para que entendamos que esto no es normal?

El país tiene la oportunidad —y la obligación— de cambiar el rumbo. Pero ese cambio no vendrá solo desde arriba. Empieza en cada hogar, en cada conversación, en cada decisión de no tolerar la violencia, venga de donde venga.