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¿A esto llamamos éxito?

“Yo tengo más dinero que tú”. La expresión, pronunciada recientemente durante un altercado que circuló ampliamente por las redes sociales dominicanas, podría quedar reducida a uno más de esos episodios que durante algunos días generan comentarios, indignación y entretenimiento. Sin embargo, cuando poseer más dinero se presenta como demostración de mayor éxito, la frase trasciende a sus protagonistas y nos obliga a examinar una idea que hemos ido normalizando: ¿tener más significa necesariamente haber triunfado más en la vida? ¿Los verdaderos éxitos pertenecen al orden del tener o al del ser?

Nuestra época parece disponer de instrumentos sencillos para medir el éxito. Dinero, propiedades, vehículos, posición social, seguidores, influencia y visibilidad permiten establecer comparaciones: sabemos quién posee más, quién factura más y quién alcanza mayor notoriedad. Enrique Rojas advertía en El hombre light sobre una cultura marcada por el materialismo, el hedonismo, el permisivismo y una existencia progresivamente vaciada de grandes referentes. Cuando el ser pierde profundidad, sus adornos pueden terminar ocupando su lugar y comenzamos a utilizar lo que alguien tiene como medida de lo que creemos que alguien vale.

El problema de construir la propia identidad sobre esos soportes radica también en su fragilidad: el dinero puede perderse, la fama desaparecer, el poder terminar y los aplausos dirigirse mañana hacia otra persona. ¿Qué queda entonces de quien aprendió a reconocerse únicamente a través de ellos?

La filosofía lleva siglos incomodándonos en ese punto; Aristóteles advirtió en la Ética a Nicómaco que la riqueza no constituye el bien último, precisamente porque tiene carácter instrumental: sirve para alcanzar otras cosas. La eudaimonía remite a algo mucho más profundo que poseer: una vida lograda mediante la virtud y el desarrollo de aquello que nos hace plenamente humanos.

Esto no supone despreciar el dinero ni romantizar la pobreza; la riqueza permite satisfacer necesidades, proteger a una familia, desarrollar proyectos, generar empleos, ayudar a otros y ampliar posibilidades. El problema no está en tener mucho, sino en concluir que por tener mucho se es más; y, peor todavía, que quien tiene menos vale menos.

Los estoicos comprendieron la fragilidad de aquello que depende de circunstancias externas. Fortuna, reconocimiento y poder pueden acompañarnos y desaparecer; por eso difícilmente pueden constituir el fundamento último de una vida buena. Séneca, que conoció personalmente la riqueza y la cercanía del poder, reflexionó ampliamente sobre la libertad frente a los bienes exteriores: podemos poseerlos sin permitir que terminen poseyéndonos.

Nuestra cultura añade otra dificultad: el éxito no parece suficiente si no puede exhibirse. El viaje necesita publicarse, el vehículo reconocerse, la posición mostrarse y la prosperidad hacerse visible. Pasamos casi inadvertidamente de disfrutar lo que tenemos a necesitar que otros sepan que lo tenemos. Cuanto mayor es la necesidad de demostrar el éxito, más pertinente resulta preguntarnos dónde termina la realización y dónde comienza la necesidad de reconocimiento.

Nada de esto niega el mérito de quien construye una empresa, supera condiciones adversas o alcanza legítimamente prosperidad. El problema aparece cuando el éxito solo puede establecerse mediante la comparación: tengo más que tú, vivo mejor que tú, llego donde tú no puedes. Esa lógica puede alimentar una cultura de la apariencia en la que personas y familias consumen por encima de sus posibilidades para proyectar una prosperidad que no poseen. Y cuando nuestros jóvenes observan que esa apariencia recibe admiración, aprenden silenciosamente que parecer exitoso puede resultar más importante que construir una vida lograda.

Conviene entonces recuperar una pregunta antigua: ¿qué significa haber vivido bien? ¿Es exitoso quien acumuló una fortuna, pero perdió las relaciones que daban sentido a disfrutarla; quien alcanzó poder, pero necesita disminuir a otros para sentirse superior; quien recibe permanentemente aplausos, pero depende de ellos para reconocerse valioso?

Y en sentido contrario, ¿llamaremos fracasado al padre que educó dignamente a sus hijos, a la maestra que transformó generaciones sin enriquecerse, al profesional que hizo del servicio una vocación o a quien vivió discretamente, pero dejó mejores a las personas que pasaron por su vida? Si nuestra idea de éxito no tiene espacio para esas vidas, entonces nuestra definición de éxito es demasiado pobre.

Una sociedad educa también mediante aquello que admira; justo por eso, si reservamos la palabra exitoso para quien exhibe dinero, fama, poder y seguidores, nuestros jóvenes aprenderán esa escala de valores, por más que después les hablemos de dignidad, honestidad, solidaridad y servicio.

Aunque el dinero puede decir cuánto podemos comprar; la fama, cuántos nos conocen; el poder, cuánto podemos decidir; lo cierto es que ninguno puede decir cuánto valemos ni en qué clase de seres humanos nos hemos convertido.

En consecuencia, tal vez el verdadero éxito comience cuando ya no necesitemos demostrar que somos más que alguien para saber quiénes somos.