El monstruo innombrable

La historia de la República Dominicana, y de la isla que la contiene, está acompañada de grandes hitos y epopeyas que provocan admiración. También de episodios ante los cuales muchos se retuercen de vergüenza.
Entre los asuntos pendientes de resolver en esta nación caribeña permanece una deuda histórica, la distribución de las riquezas creadas. Durante décadas, el país ha exhibido un importante crecimiento económico, mientras segmentos significativos de la población continúan atrapados entre salarios insuficientes, informalidad laboral y servicios públicos que distan mucho de satisfacer plenamente sus necesidades.
Los propios organismos multilaterales han documentado esa contradicción. La CEPAL registra importantes avances dominicanos en reducción de la pobreza y la desigualdad durante las últimas décadas, pero la informalidad laboral continúa afectando a más de la mitad de los trabajadores. El Banco Mundial, mientras reconoce el notable crecimiento económico del país, insiste en los desafíos relacionados con la calidad del empleo, la productividad y la inclusión.
Se ha construido, entonces, una economía bastante eficiente para producir riquezas, pero mucho menos eficiente para distribuir equitativamente sus beneficios. Semejante contradicción produce consecuencias. No solamente económicas. También sociales, culturales y políticas.
A las carencias materiales se agregan una educación con enormes debilidades, el deterioro de determinados referentes culturales y una inversión de valores mediante la cual “tener” parece importar más que “saber”, mientras la notoriedad amenaza con convertirse en sustituta del mérito. Es precisamente de esas entrañas de donde emerge “El Innombrable”.
El Innombrable viene de abajo. Conoce el barrio, sus códigos, frustraciones, lenguaje y aspiraciones porque alguna vez fueron también los suyos. Su procedencia popular no constituye una construcción artificial. La impostura comienza después.
Una situación es proceder de los sectores marginados y otra continuar presentándose como doliente de sus padecimientos cuando las condiciones materiales propias han cambiado radicalmente. El Innombrable salió económicamente de allí, pero parece haber descubierto que políticamente resulta rentable regresar discursivamente.
Habla como ellos. Vocifera como ellos. Desafía como algunos quisieran desafiar. Su lenguaje soez e irreverente convierte las bajas pasiones en espectáculo y ahora procura transformar la identificación conseguida mediante ese espectáculo en capital político.
No se observa detrás una propuesta destinada a transformar las relaciones económicas responsables de las desigualdades que sirven de combustible a su discurso. Por el contrario, algunos de los referentes políticos y posiciones que ha exteriorizado apuntan hacia lugares bastante diferentes.
Ha utilizado la figura y la voz de Joaquín Balaguer dentro de su comunicación política; asistió a la investidura del amo del norte americano y ha hecho pública su admiración por determinados rasgos del liderazgo del mandatario estadounidense. Las propuestas que ha colocado, hasta ahora, en el debate no apuntan a resolver ningún problema fundamental histórico de la nación dominicana. Son simples líneas de acción que parecen más accesorias y cosméticas que un pilar de resolución de problemas.
Nada de esto basta, aisladamente, para colocar mecánicamente una etiqueta ideológica. Pero el conjunto permite advertir una sensibilidad política donde aparecen el orden, la autoridad, el nacionalismo, el culto al éxito individual, la confrontación y el personalismo, elementos mucho más próximos a las nuevas expresiones del populismo de derecha que a cualquier tradición política humanista o emancipadora.
Friedrich Nietzsche proporciona una imagen interesante para observar el fenómeno. En La genealogía de la moral, al desarrollar su concepto del “resentimiento”, aparecen los corderos que guardan rencor hacia las aves de rapiña...
Ciertamente, razones para la inconformidad sobran en la República Dominicana. Durante décadas, las ovejas han observado privilegios, fortunas, impunidades y oportunidades distribuidas desigualmente. Han escuchado hablar de crecimiento mientras hacen malabares con sus salarios. Han contemplado el banquete de una sociedad que les pide celebrar unas riquezas cuyos beneficios no siempre llegan proporcionalmente hasta sus mesas. Pero existe una diferencia fundamental: El Innombrable ya no está entre las ovejas.
Salió del rebaño. Conoce sus caminos porque caminó por ellos y sus frustraciones porque alguna vez fueron las suyas. Ahora posee dinero, influencia, relaciones y acceso a espacios vedados para buena parte de quienes lo siguen. El antiguo cordero parece haberse convertido en lobo, pero necesita continuar balando para que las ovejas crean que sigue siendo uno de los suyos, ¿Por qué?, porque el dinero compra muchas cosas, pero no siempre compra pertenencia.
Las élites tradicionales pueden acudir a sus espacios, aprovechar su audiencia, fotografiarse con él y reconocer su poder mediático. Otra cosa es aceptarlo plenamente dentro del círculo donde históricamente se han distribuido prestigio, riqueza y poder.
Aquí aparece una interesante semejanza histórica, guardando las enormes y necesarias distancias. Rafael Leónidas Trujillo también experimentó el desprecio de sectores de las élites tradicionales dominicanas que observaban con desdén sus orígenes y maneras mientras aumentaban su riqueza e influencia. No se comparan personajes, conductas ni consecuencias históricas. Se observa algo distinto, la vieja tensión entre el advenedizo enriquecido y aquellos que se consideran propietarios naturales del club.
El Innombrable ya consiguió dinero. Consiguió fama. Consiguió influencia. Ahora busca algo que ninguna de las anteriores garantiza por sí sola: poder político.
Para completar ese tránsito necesita, precisamente, a aquellos que permanecieron en el lugar social del cual alguna vez salió. Necesita pueblo. Necesita votos. Necesita transformar en fuerza electoral la frustración producida por el sistema y la marginalidad en la que millones permanecen atrapados. Ahí adquiere otra dimensión su retorno discursivo al barrio.
No se estaría frente a la rebelión política de los excluidos ni ante la aparición de un redentor de las clases oprimidas. Tampoco se vislumbra un proyecto dirigido a modificar las estructuras económicas, sociales y culturales responsables de las desigualdades que sirven de combustible a su discurso. Se estaría frente a algo bastante diferente. El monstruo no pretende destruir el castillo.
Conoce la miseria porque salió de ella. Haberla conocido, sin embargo, no lo convierte automáticamente en representante de quienes todavía la padecen. Su ascenso económico individual tampoco significa la emancipación colectiva de aquellos con quienes comparte procedencia. El monstruo no busca redimir a las clases oprimidas.
Busca que estas, empujadas por su desesperación, sus frustraciones y los resentimientos acumulados, le otorguen el aval político que necesita para ingresar definitivamente al círculo de los que mandan, y desde allí, alcanzar aquello que todavía parece faltarle, el reconocimiento definitivo del poder. Ahí está la gran impostura.
Salió del rebaño y mutó en lobo. Aprendió a vivir entre ellos. Descubrió sus riquezas, frecuentó sus espacios y comenzó a disfrutar de aquello que alguna vez contempló desde abajo. Pero todavía necesita algo que el dinero nuevo no siempre consigue comprar, ser reconocido como miembro pleno de la manada.
… Por eso regresa donde las ovejas. No necesariamente para liberarlas. Regresa porque las necesita. El monstruo no quiere derribar las puertas del castillo para que entren los desposeídos. Quiere que los desposeídos, creyéndolo todavía uno de ellos, sean quienes empujen las puertas hasta abrirlas para él.