Cuidado con la banalidad del mal en la escuela dominicana
En 1961, el mundo observó con asombro el juicio de Adolf Eichmann, uno de los principales responsables logísticos del régimen nazi y de la deportación de millones de judíos hacia los campos de concentración. Muchos esperaban encontrarse frente a un monstruo despiadado, un fanático consumido por el odio o una figura demoníaca capaz de explicar semejante tragedia humana.
Sin embargo, la filósofa Hannah Arendt encontró algo mucho más inquietante: un hombre aparentemente común, un funcionario obediente, un burócrata incapaz de reflexionar críticamente sobre las consecuencias morales de sus actos. Eichmann no parecía actuar movido por una maldad extraordinaria, sino por una obediencia acrítica y una profunda renuncia al pensamiento.
La banalidad del mal no suele instalarse en personas perversas, sino en hombres y mujeres que, atrapados por la lógica burocrática o la obediencia partidaria, terminan subordinando su conciencia a la conveniencia política. A veces ocurre incluso con profesionales de la educación que, al asumir funciones administrativas o públicas, olvidan que su primer compromiso debe seguir siendo con la dignidad humana y no con la disciplina del poder. También la reciente propuesta de un legislador de promover una resolución para descontar salarios a los maestros cuando paralicen la docencia constituye un ejemplo preocupante de cómo puede banalizarse una realidad profundamente compleja.
Y precisamente ahí se produce una de las contradicciones más profundas de nuestra realidad. La misión del docente no se reduce únicamente impartir contenidos ni cumplir horarios; reducir la escuela a una guardería o a un simple parqueo de muchachos sería traicionar su razón de ser. La educación dominicana, tal como establecen sus principios y fines en la Ley General de Educación, artículos 4 y 5, procura formar ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus deberes, personas capaces de pensar críticamente, participar democráticamente, actuar con autonomía moral y contribuir a la transformación de la sociedad.
Educar no es producir obediencia, sino formar libertad, por tal razón los regímenes autoritarios han desconfiado históricamente de los maestros. Un verdadero educador no forma súbditos, forma ciudadanos; o forma seguidores ciegos, forma conciencia crítica; no enseña a aceptar pasivamente la realidad, enseña a comprenderla, cuestionarla y transformarla. No pocas veces, los sistemas políticos parecen sentirse más cómodos con ciudadanos obedientes que con ciudadanos reflexivos, que saben exigir sus derechos. La historia demuestra que el pensamiento crítico suele incomodar a quienes confunden gobernar con disciplinar.
Mal haría el magisterio dominicano si abandonara completamente la lucha por la dignidad de la escuela pública. Mal haría si aprendiera a callar frente al abandono, la precariedad o la injusticia, pues cuando la educación deja de enseñar a exigir dignidad, comienza a enseñar resignación y… una sociedad resignada es terreno fértil para toda forma de autoritarismo.
Paulo Freire advertía que una educación que no libera termina domesticando, y es posible que parte de lo que somos como nación reside justamente en esas estructuras políticas que parecen preferir ciudadanos agradecidos por las migajas antes que sujetos conscientes de sus derechos. El viejo principio romano del panem et circenses (pan y circo) conserva inquietante vigencia. Se distribuyen pequeñas dádivas, se ofrece entretenimiento y se espera gratitud, mientras se desactiva la capacidad crítica de quienes deberían exigir mucho más que sobrevivir, porque nada amenaza más a ciertos poderes que un pueblo que aprende a pensar por sí mismo.
Eso es exactamente lo que Hannah Arendt intentó advertirnos: La banalidad del mal comienza cuando dejamos de escandalizarnos, cuando la injusticia se convierte en rutina, cuando el deterioro se vuelve paisaje, cuando el silencio parece más conveniente que la verdad, cuando los funcionarios dejan de preguntarse qué es justo y comienzan a preguntarse únicamente qué es políticamente conveniente.
Amigo lector, quizá la lección más profunda que nos dejó Hannah Arendt no fue sobre Adolf Eichmann, sino sobre nosotros mismos. Por eso debe causarnos preocupación cuando se pretende limitar la voz de quienes denuncian la indignidad de nuestras escuelas mientras se guarda silencio frente a las causas que la producen, intentando producir simples individuos resignados a agradecer migajas. La educación dominicana fue concebida para formar sujetos libres, críticos, democráticos y conscientes de su valor humano. Cuando olvidamos esa misión, cuando intentamos domesticar la conciencia en lugar de despertarla, comenzamos a recorrer un camino peligroso.
Hannah Arendt comprendió que la mayor amenaza para la libertad no siempre llega con uniformes ni discursos abiertamente autoritarios. A veces llega disfrazada de normalidad, de obediencia política o de silencio institucional. Eichmann no fue aterrador porque fuera un monstruo, lo fue porque dejó de pensar. Quizá por eso la pregunta más urgente para nuestro tiempo no sea si existen injusticias, sino cuántos están dispuestos a administrarlas, justificarlas o considerarlas normales. Porque el día que una sociedad deja de pensar críticamente, comienza también a renunciar a su libertad.